La joven ángel Victoria despertaba más temprano de lo normal, dejando caer sus pies sobre el frío suelo de la habitación.
Estaba deseando encontrarse con aquel al que ella llamaba Nigga cariñosamente, o Abuelito Zellen.
Él era su cuidador desde que era una pequeña niña.
Fue abandonada por sus padres en una guerra y él la encontró cerca de la entrada de su casa.
Zellen no tuvo el valor de dejarla abandonada y se hizo cargo de ella.
Al final, el cariño que le cogió fue tanto, que hasta incluso se enamoró de esa pequeña niña pero ese era su mayor secreto.
¿Cómo decírselo? aparte de que él pensaba que ella lo veía como su abuelito, él era muy diferente a ese ángel en cuanto a aspecto.
Victoria era un angelito de alas anacaradas, cabello largo y negro y ojos amatista.
Zellen, era una parca, oscuro y siniestro mitad demonio.
A veces tomaba formas diferentes pero en todas daba miedo, aunque, Victoria era la única que no se asustaba al verlo.
La joven ángel llevaba un pequeño trajecito para dormir que Zellen le había comprado.
El pobre se sintió muy avergonzado el día en el que lo hizo, fue ella la que se encaprichó con aquel picardías y este tuvo que comprárselo, imaginándose en su mente el cómo le sentaría.
-¿Mi Nigga no está en casa?
Joo, y hoy era mi cumpleaños, ¿estará preparando mi regalo?
Exclamaba la joven pues hoy cumpliría los 18.
Lo buscó por toda la casa dando por hecho que no estaba, hasta llegar al baño y al ir a abrir, se llevó la gran sorpresa de ver a su querido abuelito, con todo aquello sujeto con su enorme mano negra haciendo que rápido se diera media vuelta y ella cerrara la puerta espantada.
-A, abuelito, ¿qué estabas haciendo?
Eso, era tan grande.
Se decía para sí misma aquella ángel asustada por el tamaño del miembro de aquel que era su cuidador.
Minutos después, ya en la mesa de la cocina tomando el desayuno, Zellen apareció con toda su cara de un tono rojo, siempre cambiaba el tono de su cuerpo por rojo cuando estaba nervioso.
-Siento mucho que hayas visto eso mi Victoria.
Pero, todos tenemos ciertas necesidades de vez en cuando.
-No pasa nada, lo comprendo.
Deja de ponerte rojo juju.
Dijo ella sonriéndole pero nerviosa al mismo tiempo.
Lo cierto es que esa ángel sentía amor también hacia su lindo Nigga.
-Por cierto mi Nigga.
Le decía muy cariñosa ella hacienda que Zellen se rindiera en todo momento, aunque se hacía el duro, no podía evitar morirse en dulzura cuando ella lo trataba así.
-Te preparé unas tortitas de las que te gustan juju.
Ah, y, no te habrás olvidado de que día es hoy.
Exclamaba ella poniéndose sus manitas tras su espalda nerviosa.
-Eso nunca, jamás me pienso olvidar del día en el que te conocí.
Y en ese momento, Victoria se sentó sobre él emocionada para darle un gran abrazo.
-Mi lindo Nigga, te adoro demasiado, sabía que lo recordarías.
Zellen comenzaba a sonrojarse de nuevo, aquella inocente muchacha estaba sentada sobre él, abrazándolo de esa forma y aún vestida con ese pequeño trajecito para dormir color blanco.
Miraba sus muslitos como viejo verde indecente deseando darle una buena palmada.
Su miembro que aparecía mágicamente cuando él lo deseaba estando excitado, sentía la necesidad de salir a la luz para tomar a su pequeña niña y darla lo que se merecía por tantos años de aguantarse las erecciones por el respeto que con mucho esfuerzo le tenía.
Zellen acariciaba su largo cabello como si se tratara de su linda mascotita, de su adorable y tierno juguetito personal con el que aún no había podido jugar por quererla de una manera desmesurada y verla como alguien demasiado importante como para usarla de tal manera.
Tantas veces que se había masturbado en secreto imaginando que al fin entraba dentro de su supuestamente inocente niña.
Las horas pasaron, ahora Victoria llevaba una pequeña minifalda de las que se compraba con la paga que su abuelito le daba todos los fines de semana.
Ella siempre adoraba que su lindo Nigga se fijara en ella, ahora que era una chica mayor, deseaba provocarlo, que mirara su bonito cuerpo, el cómo se había desarrollado con la edad.
-¿Mi abuelito pensará en mí?
Se decía ella imaginando que él podría estar algo tontorrón viéndola así vestida.
Además, en varias ocasiones se apoyaba en algún sitio con que a descansar para que su abuelito se fijara en su pequeño traserito muy buen puesto, eso hay que decirlo.
-Victoria por favor, no me pongas las cosas más difíciles, cómo quisiera tomarte ahora y hacerte el amor con ansias.
Se decía Zellen mirando aquella figura, sus largas piernas desnudas, el cómo su mini falda se amoldaba a su cuerpo de esa manera en la que dejaba a la imaginación muy poco para discurrir qué podría haber allí debajo.
El control de Zellen tarde o temprano llegaría a su límite.
Se resistía a imaginársela de las maneras más prohibidas porque su cuerpo podría cambiar a un tono rojizo en cualquier momento siendo así descubierto como un abuelito sucio y degenerado.
Llegaron al local en donde la joven Victoria había quedado con sus amigos todos ya adultos.
Zellen recordaba cuando ella los traía a casa tiempo atrás, cuando todos eran niños pequeños.
Kirayin ya era una mujer adulta muy atractiva además de trabajadora, Frikipulpo un muchachote lleno de energía que a veces le daba demasiado a los estudios sobrepasando sus límites.
Se sentía tranquilo observando cómo había crecido su pequeña niña, y aun siendo adulta, se preocupaba constantemente de ella.
En varias ocasiones, tipos mayores se la habían quedado mirando como depravados, Zellen entró en acción porque nadie más que él podía mirarla, menos mal que Victoria lo detuvo.
-Abuelito, ni siquiera me tocaron, no tienes por qué pegar a nadie.
-Es que, no lo puedo evitar, acaso no te diste cuenta en cómo te miraba ese tipejo.
Gruñía aquella parca, ya no sabía si por celos o por sobreprotección.
-No te preocupes mi Nigga, sé que estando con mis amigos y contigo ningún mal tipo será capaz de tocarme, venga, come un poco de tarta, si quieres, te la doy yo como cuando era niña.
-No, no, haría el ridículo delante de tus amigos.
Le respondía él nervioso, sabiendo que el ridículo era el último de sus problemas.
Tener a esa ángel sentada sobre él de nuevo, dándole esos mimos, podría ocasionar una desgracia.
Las horas pasaron, había sido una fiesta divertida comiendo pizzas y tarta, además Zellen le había regalado una caja nueva de colores, pintar y dibujar era algo que a Victoria le apasionaba.
Esa noche antes de que fuera la hora de dormir, ella estuvo dibujando a su querido abuelito.
Le puso unos calzoncillos la muy picarona, algo que ella adoraba, era picar a quien quería fingiendo inocencia o simplemente el querer divertirse.
-Victoria, se puede saber.
-Sería tan divertido verte con calzoncillos jiji.
Veeeenga, ríete un poco.
-Bueno bueno, creo que sí me quedarían bien los calzoncillos estos.
Anda, vamos a dormir que ya es muy tarde.
Exclama el abuelito parca cerrando sus ojos intentando pensar en otra cosa.
Que su pequeña ángel hiciera cosas así, le sacaba de sus cabales, a cada momento se preguntaba si ella se daba cuenta de la gravedad que aquello le provocaba, a punto de subirle la fiebre, se ponía demasiado contento cuando ella le dibujaba de manera algo picarona o cuando lo incluía en algún relato de los que ella escribía de vez en cuando.
Es como una necesidad en cada pulsación, necesidad de saber que ella lo pensaba, lo quería, que ella podría sentir lo mismo.
Que incluso lo veía de manera caliente.
Esa sentencia se incrementaba cuando ella le daba un besito en la mejilla antes de irse a su habitación.
-Victoria dios mío, deseo ser un vulgar en estos momentos.
Y pensándola como a todas horas con su ofuscación constante, allí tirado sobre su gran cama, del aliento de su boca, subía la cálida fiebre.
Sus ojos rojos abiertos mirando el techo como un morfinómano, deseando volver a sacar su porción oscura para darse placer.
Por otra parte, Victoria en su habitación se colocaba aquel pequeño camisón de tirantitos, color blanco y semi transparente que compró días atrás a escondidas de su querido abuelito. Lo tenía bien escondido detrás de un mueble dentro de una bolsa para evitar que él lo viera y le preguntara para qué era aquello.
-Jiji, voy a darle una sorpresa a mi lindo abuelito Nigga.
Esta vez no se colocó ropa interior pues pensaba que así él podría verla al fin como una mujer que era lo que deseaba.
-¿Qué pensará mi Nigga cuando toma mi ropita interior y la lava?
Se preguntaba ella tomando las braguitas que hacía nada se había quitado.
Ella no sabía que aquel al que llamaba abuelito, siempre mantenía con firmeza la compostura en momentos así, tener su ropa interior usada entre sus manos, le provocaba la llamada fiebre, le hacía sentirse el mayor pervertido del planeta y por eso con actitud fría simplemente hacía la colada.
Después de mirarse un poco más en el espejo el cómo le quedaba el pequeño camisón, miró la hora, las 11 y media.
La hora perfecta, y dirigiéndose a la habitación de Zellen, iba sonriendo con nerviosismo y muchos deseos de ver cómo reaccionaba él.
-¿Sucede algo Victoria?
Exclamó él incorporándose al sentir que abrían la puerta, saliendo de sus sucios pensamientos de sopetón.
Y al dar la luz, verla así vestida casi le da un paro cardíaco.
-Victoria, ¿qué haces así vestida?
-¿Te gusta abuelito?
Me lo puse para ti.
Zellen no sabía qué responder en aquellos momentos, si le decía que sí, quedaría como un inmundo puerco, pero si le decía que no, ella podría ponerse triste.
-Venda, di algo abuelito, ¿no te gusta?
Y allí ella aún nerviosa pero intentando disimularlo, se acercó a su cama poniéndose a su lado.
Rápidamente apagó la luz ocultándose bajo las mantas.
-Victoria, ¿qué estás tratando de hacer?
Logró al fin preguntar algo sin saber cómo salir bien parado de aquella situación tan comprometida.
La carita de aquella ángel se dejó ver asomándose un poco para dejar ver sus ojos nada más, de seguro se reía bajo las mantas.
-Naaada, solo quería un regalito aún más especial por parte de mi Nigga.
-¿Un regalito?
-Sí, uno más, por fa, métete bajo las mantas conmigo.
Zellen no tuvo más remedio que obedecer ya que no sabía cuáles eran las auténticas intenciones de su supuesta pequeña Victoria.
Allí bajo las mantas, ella se pegó a él dándole un gran abrazo.
-Tan lindo mi Nigga.
Y al poco casi sin que le diera tiempo a acostumbrase a aquel abrazo, ella salió de bajo las mantas colocándose sobre él.
-Cierra los ojos abuelito.
-Está bien.
Le respondió él con candidez, sin imaginarse lo que ella podría llegar a hacer.
Y así fue, como ella le dio un tierno beso en la boca pasar a reírse del apuro que le provocaba hacer eso.
-Victoria.
Dijo su nombre sintiendo que explotaría abriendo sus ojos y logrando ver a su Victoria sonriendo iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana.
-Abuelito, yo te quiero jiji.
¿Tú me quieres a mí?
Preguntaba con una vocecita de falsa inocencia colocándose ahora a su lado apoyada un poco sobre él.
-No te imaginas de qué manera te amo Victoria.
Logró decir de forma clara, serio, eso que siempre quiso decir y que en ese momento no había necesidad de vergüenzas, mucho menos de ponerse rojo.
Victoria volvió a esconderse haciendo gemiditos bajo las mantas.
Así se tiró por más de un minuto oculta, haciendo que Zellen se preguntara el por qué, ahora estando más bien tontorrón.
Llegó un momento en el que no se aguantó.
Tú me amas y yo a ti, entonces, no pierdas el tiempo como si fueras mi pequeña niña y compórtate como la mujer que deseas ser esta noche.
Y tomando aquel bulto que ella formaba estando bajo las mantas, las echó hacia atrás descubriendo que estaba hecha una bolita.
Zellen la tomó para ponerla bajo su cuerpo y darle un beso en la boca mientras que sujetaba sus manos con las de ella.
-Mi pequeña Victoria.
Zellen acariciaba la mejilla de su ángel y ella sonreía con apuro.
-Entonces, el abuelito entrará dentro de la pequeña Victoria.
Zellen dejó escapar una pequeña risa volviendo a acariciar su mejilla.
-El abuelito le va a dar a su niña lo que se merece.
Y ahí dejó ver todo su enorme miembro oscuro hacienda que ella se azarase agarrando un poco la suave sábana con su manita.
-Mi pequeña Victoria, quiero que esta noche recibas el mejor regalo de todos, que jamás lo olvides.
-A, abuelito.
Y ahí sintió como aquella porción apoteósica entraba en interior proporcionándole un fuerte dolor hasta llegar al fondo.
-Discúlpame por lastimarte mi Victoria, eso es lo último que deseo.
-No te preocupes mi Nigga, quiero que sigas.
Le respondía ella llevando una de sus manitas al rostro de aquella parca que comenzaba a deslizarse como buenamente podía por aquel pequeño espacio que su pequeña ángel le proporcionaba.
Poco a poco eso se iba humedeciendo dejando que Zellen pudiera descargar más fácilmente todos esos deseos reprimidos por tantos años.
Un ser con tantos miles de años a sus espaldas, haciéndole el amor a un ángel de apenas sólo 18 años recién cumplidos.
Escondiéndose bajo su imagen de ser protector, reteniendo sus mayores deseos imposibles de ignorar.
Cuando uno está enamorado, los pensamientos prohibidos hacen su aparición quieras o no.
Y eso es lo que esta parca había intentado retener por tanto tiempo, descargando siempre que podía en el cuarto de baño a escondidas.
Como realizara algo abolido.
Aquella ángel ahora se apresaba a él, como si tuviera que encadenarse de alguna forma a su cuerpo, recibiendo los mayores deseos de su abuelito.
¿Acaso era faltarle el respeto?
Esa nena que tenía que cuidar y proteger, la linda nena que lo había provocado y puesto cachondo tantas veces adrede.
Merecía su dulce castigo, como buen abuelito aplicando una corrección placentera.
No es justo tener que sufrir de erecciones constantes a causa de una cría calienta braguetas.
Aunque, lo que él tenía bien claro es que ella sólo era así para él.
Saber que ella te está provocando intencionadamente, que tu dulce niña ya no guarda tanta inocencia como imaginabas, que ella te ve con otros ojos y no quieres caer como un pecador resistiéndote.
Un azote en el trasero lo único que haría sería echarle más leña al fuego.
Castigarla era la mejor manera de enseñarle por lo que estabas sufriendo a causa de sus provocaciones.
-Abuelito, aaaah, mi abuelito Nigga, unmmm.
Cómo me gusta esto que me estás haciendo.
Y su abuelito no le daba ninguna respuesta verbal, la miraba fijamente mientras que le daba golpes en lo más profundo de su cuerpo.
En ocasiones este se acercaba más a ella para oler su cuello, lamerlo, morderlo.
-Victoria, victoria.
Al fin dejaba escapar alguna palabra por su garganta, la llamaba como si necesitara más y más de ella.
-¿Qué sucede mi Nigga?
Le contestaba ella tomando su rostro con sus dos manos.
Él la miraba ahora con una tierna expresión y ella le hizo bajar un poco para comenzar a besarlo dulcemente una y otra, y otra vez más.
Ahí Zellen logró calmar un poco su deseo concupiscente de sexo sintiendo todo el cariño que le tenía, el amor, su deseo de protección.
Las ganas de hacerle el amor apasionadamente sintiendo que eran uno al mismo tiempo, su deseo de ella y sólo ella.
Ahora acariciando su delgada pierna derecha, mientras seguía introduciendo su miembro en su interior, pasando largos minutos disfrutando como habían deseado y no imaginaron que la sensación sería así de maravillosa.
Esa noche quedaron agotados, durmiendo juntos como en un pasado.
A la mañana siguiente despertaron sobre las 11 para pasar a darse una gran ducha, después tomaron el desayuno juntos, dejando escapar alguna escena tierna ahora que habían logrado dejar ver sus verdaderos sentimientos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario